No hay trabajo sin progreso

Debemos una gran parte de lo que somos al esfuerzo de nuestros padres, igual que ellos se lo debieron a sus padres, y estos a los suyos. Agradecemos que, con su sacrificio, sacaran adelante a sus familias y a todo un país, y tenemos el deber moral de respetar, en justicia, esa pequeña parte de la historia que vivieron, sea cual fuera, ya que mucho de lo que somos es el legado de su esfuerzo y su trabajo, así como del de quienes les ayudaron. Somos la punta del iceberg de muchos esfuerzos que quedaron sumergidos en la historia.

Si revisamos el sentido de la palabra “trabajo”, podemos ver que tiene diferentes y parecidas acepciones, como: “acción y efecto de trabajar”, “ocupación retribuida”, “obra que es el resultado de la actividad humana” o “dificultad, impedimento o perjuicio”, entre otras. Además, también comprobamos que tiene una unidad de medida (Julios) y que podemos calcular el trabajo con la fórmula (T = F × d), y que pone en valor el desplazamiento en el que se mueve una fuerza en su propia dirección.

El trabajo es lo que progresa una fuerza. En el caso humano, se descompone en dos variables: una sería la que nos hace avanzar individualmente y otra la que nos hace avanzar como colectivo. En la proporción de estas variables existe un límite a partir del cual nuestro esfuerzo no supone un avance personal (vivienda, comida, bienestar) y otro para el cual no hay un avance en la sociedad (servicios, infraestructuras, seguridad). Cuando se alcanzan los dos límites a la vez, el sistema trabaja en vacío: hay fuerzas, pero no hay movimiento. Cuando ambos se superan, el trabajo es negativo: hay retroceso; pero esto no implica que no haya fuerzas que se aprovechen de dicho retroceso, más bien es al contrario.

En un sistema aleatorio de fuerzas, puede ocurrir que la fuerza resultante, aun cuando individualmente cada fuerza produzca un trabajo, tenga un escaso valor, se anule o incluso tenga un valor negativo. Es decir, no hay desplazamiento ni progreso del conjunto de fuerzas, ya que es preciso que estas avancen en una dirección similar para que exista una sinergia suficiente y se produzca un trabajo real. El trabajo sin avance es fuerza pura sin progreso: es esclavitud, es estancamiento.

Un ejemplo: para recolectar alimentos, podemos ver que un sinfín de hormigas se sitúa alrededor de estos y tira de ellos en direcciones opuestas. Es la fuerza resultante la que dirige el alimento al hormiguero. Si consideramos que cada hormiga puede cargar hasta cincuenta veces su peso, vemos que el mismo trabajo podrían realizarlo entre dos o tres individuos si únicamente tirasen en la misma dirección y sentido. Si no actuasen como hormigas, podrían recolectar más alimentos en menor tiempo y dedicar algo de ese esfuerzo a cavar su propio hormiguero o a reproducirse.

El sistema en el cual se organizan las hormigas (eusocialidad) es el nivel más alto de cooperación en el reino animal, con su estructura de reina, soldados, cuidadoras y obreras. Desde hace cien millones de años se han estancado en esta organización: viven para trabajar y trabajan para vivir.

El esfuerzo humano está enfocado en la supervivencia individual, tirando cada uno en la dirección opuesta al resto, pero no existe un trabajo real para la sociedad, ya que esta ni avanza ni progresa. Simplemente pagamos una parte alícuota de impuestos para nuestras reinas, nuestras cuidadoras y nuestros soldados, cantidad que ellos, a su vez, también satisfacen.

En la ecuación de la fuerza podemos despejar el progreso de la siguiente manera (Progreso = Trabajo / Fuerza), es decir, cuanto mayor sea el trabajo y menor sea la fuerza, mayor es el progreso.

Se da la paradoja de que, según muchas proyecciones, gracias a la robotización y a la inteligencia artificial, el trabajo humano empezará a disminuir de forma progresiva y paulatina, y en pocos años de cumplirse estas proyecciones, el ser humano solo podrá avanzar si disminuye también su fuerza (empeño) o el número de vectores (personas).

O bien dejamos de progresar, o bien dejamos de tener empeño, o bien dejamos de existir. Todas estas situaciones son catastróficas para la humanidad y, bajo este prisma, tenemos que hacernos muchas preguntas sobre cómo progresar como individuos y como colectivo y, lo peor, tenemos que responderlas. Tendríamos que definir claramente la ecuación exacta para conseguir que la sociedad trabaje, es decir, la proporción y dirección de nuestras fuerzas que nos hagan progresar a todos.

Individualmente tendremos que enfrentarnos a preguntas como:

  • ¿En qué podremos trabajar?
  • ¿Cuánto tiempo podremos trabajar?
  • ¿Queremos realmente trabajar?

Parece que estamos atrapados en una contradicción: “Si trabajas, no puedes hacer lo que deseas, y si no trabajas, tampoco”.

  • Si trabajas en lo que te gusta, no podrás ganarte la vida.
  • Si no puedes trabajar lo suficiente, no podrás ganarte la vida.
  • Trabajar en un mundo sin progreso carece de sentido alguno.

Inevitablemente, con la IA se van a despejar demasiadas incógnitas y, si no hay que trabajar, ¿qué haremos?

Se avecina una nueva revolución; todo el mundo lo sabe y, sin embargo, no hay ningún plan… o quizá el plan es que no haya plan.

Podemos quedarnos paralizados, incapaces de decidir, mientras otros deciden por nosotros y orientan nuestro esfuerzo en direcciones que no hemos elegido, a menudo a través de mayores impuestos que reducen nuestro progreso real.

Una posible solución puede pasar por dedicar progresivamente menos trabajo para mantenernos individualmente y más tiempo para servir a la sociedad. Es decir, en vez de pagar impuestos para financiar los servicios, podríamos aportar directamente nuestro esfuerzo en forma de servicios. Debemos prepararnos para el escenario en el cual nuestro esfuerzo podría dejar de pertenecernos y pasar a grandes corporaciones. No es catastrofismo, es simplemente el relato de lo que va a pasar; todos lo sabemos: nos tenemos que organizar, y pronto.

Los sindicatos, o la forma de organización futura que determinemos, deberían ser algo completamente diferente a lo que tenemos hoy en día. Deberían canalizar el esfuerzo de las personas hacia aquello que desean hacer, sin ideas políticas preconcebidas o dirigidas. Deberían:

  • Conocer a cada individuo y ayudarle a desarrollar su camino.
  • No depender de subvenciones que les condicionen.
  • Representar a toda la población.
  • Ser útiles para la sociedad y para el individuo.
  • Decidir y exigir en qué se emplea el esfuerzo colectivo.
  • Ser un interlocutor con más fuerza que aquellos a los que ponemos para que organicen nuestra sociedad.

El gobierno, sea cual sea, y visto lo visto, no dudará un segundo en ponernos a los pies de las corporaciones, cuando en realidad están para servirnos, y no para vendernos como esclavos.

Un país como el nuestro se levanta con la fuerza de todos los que trabajamos, pero los trabajadores apenas están representados. Es como si a nadie le interesara que los trabajadores se organicen y, menos que a nadie, a los actuales sindicatos apesebrados y corruptos.

Hay un principio básico para controlar todo gran problema, y es dividirlo en otros más pequeños y manejables. En lugar de un sindicato fuerte y molesto, son más versátiles miles, sectorizados y con pensamiento diferente.

En general, todo es un problema; no lo podemos evitar. El fin mismo de trabajar es un problema. Tenemos una vida que precisa de mucho esfuerzo para avanzar o tan solo para mantenerse, tanto si hablamos del individuo como si hablamos de una sociedad. Hemos estructurado el trabajo en múltiples formas, pero siempre trabajamos, en parte, para nosotros y para otros. Incluso el “no trabajador” forma parte del sistema: por ejemplo, los niños (que aportarán), los ancianos (que aportaron), los que ayudan a otros (que aportan al que aporta) y, por último, están los que ni han aportado ni se les espera (desaportan).

Para que exista trabajo, debe existir progreso. Y hoy ese progreso es cuestionable. Necesitamos una organización que conecte los esfuerzos individuales y los oriente en una misma dirección, sin imponerla, sino alineándola con la conciencia colectiva.

En resumen, dicha organización:

  • Debe integrar al que trabaja y al que no lo hace.
  • Debe anticipar los problemas sociales.
  • Debe guiar la acción de la administración.
  • No debe tener una dirección ideológica fija, sino emerger de sus miembros.
  • Debe fomentar el desarrollo pleno de cada individuo.
  • Debe ser lo que hoy no es.

El sistema político actual ya no nos sirve para la próxima revolución que se avecina. Debemos lo que somos a nuestros padres, y nuestra misión es que nuestros hijos reciban lo mismo y si es posible sin que sufran vergüenza de nuestra historia e intenten hundirla. Tenemos pocos abriles y muchos Julios por delante.

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