Hace unos cuantos años ya, tuve el honor de mantener una conversación muy provechosa con Carlos Fernández Liria para el canal de youtube de El Jacobino. A lo largo de la misma, el profesor de filosofía que ayudó a fundar Podemos se mostraba sorprendido por los puntos de encuentro y coincidencia entre su pensamiento y las posiciones políticas sostenidas por quien suscribe y, en general, con la línea editorial de esta casa.
Durante años, Liria, Alegre y otros han llevado a cabo una lectura republicana de Marx. En breve: la aspiración de las izquierdas no debía ser la de impugnar las instituciones liberales o republicanas, ni la herencia ilustrada, sino la de reivindicarlas en su integridad. Según el propio Liria, cierta izquierda se fascinó de forma incomprensible por atajos insurreccionales y oscuras experiencias caudillistas, cuando la aspiración de emancipación del socialismo no era otra distinta a la de un ideal de ciudadanía que cristalizase por completo y no quedara reducido a un envoltorio meramente formal: que pasara, en definitiva, de un simple papel mojado, a una verdadera traducción material en la vida de esos mismos ciudadanos que, a pesar de lo que proclamase la Constitución, nunca llegaban a serlo.
No se trataba, en definitiva, de impugnar los Parlamentos, la separación de poderes o el imperio de la ley, sino de vindicarlos de forma consecuente. Las ideas de la Ilustración habían sido, en el fondo, parcialmente bloqueadas por las condiciones socioeconómicas del capitalismo, que impedían la completa implementación de la mejor herencia ilustrada y liberal. El marxismo de vocación republicana no implicaba una quiebra con el liberalismo político, sino la defensa de su desarrollo hasta las últimas consecuencias.
Uno se podría preguntar entonces por qué Carlos Fernández Liria, que retoma ahora en su reciente libro “Contra la Ilustración oscura” su tesis de siempre, mostraba sorpresa por el nivel de coincidencia con los planteamientos jacobinos. Quizás esa estupefacción responda a las dinámicas consolidadas de la política de facción e identitaria, a la que tanto Podemos como sus diferentes derivadas han contribuido de forma determinante.
Según Andrés de Francisco y Francisco Herreros en “Podemos. Izquierda y nueva política”, el neopopulismo se ha distanciado claramente del programa clásico de emancipación basado en el más ambicioso desarrollo de las instituciones republicanas. Su performatividad estruendosa, la absorción de un pastiche ideológicamente contradictorio que incluye identitarismos desquiciados, nacionalismos excluyentes e indigenismos antiigualitarios y la fascinación schmittiana por el conflicto “amigo-enemigo” han generado desmovilizaciones y un caldo de cultivo antipolítico derivado de expectativas de transformación frustradas y una estéril sobredosis simbólica.
Como bien señala Liria, la concentración de poder económico aborta el desarrollo del verdadero programa ilustrado y del parlamentarismo liberal, por cuanto los vacía de contenido, al tiempo que somete la política democrática al dominio de esferas económicas completamente ajenas a la fiscalización de la ley y la justicia.
Sería tal vez necesario completar esa reflexión criticando a aquellos que han despreciado tantas veces el Estado de derecho, invocando la necesidad de construir “espacios seguros” donde las especulaciones y los dedos acusadores digitales sustituyen la presunción de inocencia y la tutela judicial efectiva. El búmeran irradiador se ha vuelto contra ellos mismos, en una macabra paradoja con una inquietante moraleja para los que se olvidaron de defender las garantías que ahora reclaman para sí cuando se trataba de aplicarlas a los adversarios políticos.
O llevar hasta las últimas consecuencias ese republicanismo de inspiración jacobina y no aceptar que el poder político pueda ser atomizado por supremacismos identitarios, invocaciones nacionales que sirven para construir blindajes fiscales que quiebran la redistribución dentro de la comunidad política o derechos históricos que nos remiten, de nuevo, al feudalismo. Como señalaba acertadamente Liria, aquel (Antiguo Régimen) o este (tecnofeudalismo) remiten a lo mismo: la supremacía del poder privado frente al Estado social y democrático de Derecho.
¿Acaso es compatible con esa lectura republicana que los principios jacobinos desaparezcan cuando se analiza la organización territorial del Estado, hasta el punto de preponderar identidades nacionales divisivas sobre la igualdad de los ciudadanos y el bien común?


