Desde su nacimiento, la izquierda ha tenido un problema recurrente. Las disputas entre Karl Marx y los llamados socialistas utópicos (Saint-Simon, Owen, Fourier…) fueron ya encarnizadas. Los reproches de Lenin a intelectuales de la Segunda Internacional, donde se hizo un giro hacia el parlamentarismo, como Kautsky, Bernstein y Jean Jaurès, son también despiadados. Incluso les dedicó un libro con el significativo título “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”. La posterior división entre estalinistas y trotskistas no se queda, desde luego, atrás. Una de las partes acusaba a la otra de reformista y blanda, incluso de traidora, al argumentarse que no quería transformar realmente el modelo de opresión socioeconómica ni acabar con el capitalismo, sino intentar que la gente viviese mejor dentro de él, cosa teóricamente imposible en sus marcos.
En nuestros días, ya sea por las condiciones materiales y la difícil identificación de las masas con la “clase proletaria”, que ha visto enormemente mejoradas sus condiciones de vida, por la caída del Muro de Berlín y el rotundo fracaso de la experiencia comunista a nivel mundial, o por una pacificación democrática del capitalismo, la izquierda ha abandonado hace mucho las quimeras derivadas del marxismo ortodoxo como la revolución socialista o la lucha de clases.
Tras una época donde los partidos comunistas que continuaban, aunque con cambios no menores, con esta tradición, quedaban al margen izquierdo de la centralidad del tablero político mientras triunfaban las alternativas socialdemócratas, en los últimos años hemos visto un giro importante. El surgimiento de una nueva izquierda, cuya cuna fue mayo del 68, como señala Michel Clouscard, bajo el abrigo del posmodernismo y la influencia de las universidades chic de California, defensora del ecologismo, los derechos LGTB y lo que vaya surgiendo, las fronteras abiertas o el feminismo más desnortado, dedicado, por ejemplo, a hablar con la e al final de las palabras para no masculinizar el lenguaje. Esto se ha ido convirtiendo, en los últimos 10 años, en el discurso dominante, hasta el punto de adoptarse en cierta medida por Hollywood y las grandes multinacionales. Las antiguas minorías colectivizadas a las que defienden han pasado de ser transgresoras a ser lo más sistémico que nos encontramos. De este peligro nos avisó, paradójicamente, uno de los intelectuales de Mayo del 68, Herbert Marcuse, en su libro “El hombre unidimensional”.
La característica política de las sociedades unidimensionales es la integración de los opuestos, es decir, que el opuesto a la ideología liberal conservadora esté integrada también en el modelo socioeconómico liberal conservador, haciendo imposible su derrota. Nunca ha habido una izquierda que defienda unos intereses que colinden tanto con los del capital. Sin embargo, toda esta hegemonía, al carecer de bases sólidas, se está derribando como un castillo de naipes. Cada vez, los conceptos defendidos por esta ideología líquida generan un rechazo más profundo en la sociedad, sobre todo en la clases medias y trabajadoras, a la que es más difícil colarle un taller de reconstrucción de género después de una jornada laboral de 10 horas para no tener capacidad de ahorro. Y así vemos como en las últimas elecciones alemanas, en todas las provincias de la antigua RDA ha ganado la extrema derecha de Alternativa por Alemania, como en Francia, en los distritos donde ganaba el Frente Popular ahora gana Le Pen y como en Estados Unidos, la población más humilde vota a Trump.
El ejemplo paradigmático para entender esta situación es un tema que parece estar de moda: la cuestión migratoria. Según una encuesta publicada en El Mundo en diciembre de 2024, el 46 % de los españoles cree que hay ya demasiados inmigrantes, y según otra publicada para este mismo periódico en julio de 2025, el 70 % de los españoles respalda las deportaciones de inmigrantes ilegales. Es precisamente aquí donde la izquierda ha decidido mostrarnos con más rotundidad su desconexión con la realidad. La inmigración masiva y descontrolada genera una serie de problemas que, además, afectan en mayor medida a los barrios de bajos ingresos. Centrémonos solo en el argumento económico.
Los inmigrantes, como es lógico, tienden a agruparse en los barrios más pobres, donde los trabajos son menos cualificados. La inmigración que viene a Europa, suele estar generalmente menos cualificada que la mano de obra local, y junto con algunas desventajas como no conocer el idioma, la contratación de esta nueva mano de obra será solo posible por debajo del salario al que se contrata al trabajador autóctono. Esto realmente solo favorece al empresario que los explota, sirviéndose de aquello que llamaba Marx el ejército industrial de reserva, mientras se pauperizan las condiciones laborales del barrio. Mientras los partidos de extrema derecha encuentran una autentica mina de votos con este tema, tratando el problema cada vez con soluciones más radicales, sin ninguna sensibilidad y estigmatizando al inmigrante, la nueva izquierda prefiere ponerse una venda en los ojos para no asumir la irresponsabilidad de las políticas migratorias que lleva años defendiendo. Negar la realidad de la gente, y peor aún, tachar de racista o fascista a cualquiera que diga lo evidente y palmario, genera naturalmente un sentimiento de indignación hacia la clase política, favoreciendo así al que proponga la mayor burrada de todas, véase, que los inmigrantes se comen a las mascotas.
Que el abandono y la desconexión de la izquierda con su base social genera un movimiento pendular hacia la extrema derecha, que cuenta con una dialéctica más obrerista que la derecha tradicional, no debería cogernos de sorpresa. Pasó en la Europa de principios del siglo XX. Los momentos de auge del fascismo suelen coincidir con la incapacidad de la izquierda de dar respuestas a las demandas de las clases medias y trabajadoras. Esta situación está ahora agravada, ya que, no solo esta nueva izquierda (heredera de la tradición reformista con la que tanto ha rivalizado siempre el marxismo ortodoxo) no identifica los problemas que debe resolver, sino que, además, utiliza una dialéctica idealista que no conecta y empieza a generar un gran rechazo. Confrontar radicalmente con el discurso posmoderno es otra de las explicaciones para entender el crecimiento de los partidos de extrema derecha en Europa.


