Llevo tiempo observando con fascinación etnográfica el nacimiento de una nueva religión en España. No se celebra en templos, sino en platós de televisión. No tiene sacramentos, sino tuits. Sus sacerdotes no visten sotana, sino traje, y cobran del erario público. Su dogma central, repetido con fervor de letanía, es tan simple como indemostrable: «la unidad de la izquierda».
Como toda fe que se precie, este culto incipiente tiene sus textos sagrados (hilos de Twitter), sus promesas de salvación («cuando estemos unidos ganaremos») y su Juicio Final perpetuamente aplazado (las próximas elecciones). Y sobre todo, una casta sacerdotal cuya función no es ganar elecciones, sino mantenerse en el altar mediático predicando el milagro que nunca llega.
Todo dogma necesita sus artículos de fe. Este tiene tres.
Artículo Primero, de la Fe: La unidad es sagrada, aunque nadie sepa qué unir ni por qué hacerlo. Redistribuir la riqueza con socios que defienden regímenes fiscales privilegiados. Predicar igualdad mientras se tolera la segregación territorial. Defender el internacionalismo obrero de la mano del secesionismo étnico. No hay contradicción que la fe no supere.
Artículo Segundo, de la Inclusión: Cualquier formación que se oponga al PP y a Vox es automáticamente «de izquierdas». Si mi enemigo es la derecha, mi aliado es todo lo que se diga de izquierdas, aunque sea solo en nombre y performance.
Artículo Tercero, de la Exclusión: Cuestionar la unidad es traición, es herejía, es hacer el juego a la derecha. La duda es pecado, las convicciones son minucias y el cisma, inevitable.
Los creyentes reclaman un profeta que les guíe, toda religión necesita evangelistas y esta ha encontrado en Gabriel Rufián a su San Pablo particular. Como el apóstol de los gentiles, predica de costa a costa, de plató en plató, escribiendo epístolas en forma de tuits que iluminan a la grey.
El problema es que predica en el desierto. Su propia iglesia madre, ERC, lo desautorizó sin miramientos. Bildu, el BNG, IU, Compromís, Más Madrid: todos corrieron a desvincularse. Antonio Maíllo lo resumió sin querer resumirlo: «La gente está harta de las telenovelas de la izquierda». Cuando le preguntaron si lideraría su propuesta, respondió con humildad franciscana: «me da igual, de verdad». Propongo un proyecto, nadie lo quiere, no pienso liderarlo, pero es importantísimo que exista. Fe pura, sin obra ninguna.
La fragmentación, en cualquier caso, no es una anomalía, sino el estado natural de la espiritualidad. Mientras Rufián acumula anatemas, Sumar, Más Madrid, Comuns e IU preparan su propia coalición. ¿Y Podemos? Rechaza la propuesta y anuncia que irá sola. Tenemos dos intentos de unidad simultáneos: el de Rufián, rechazado por todos, y el de Sumar, rechazado por Podemos. Ambos con nacionalistas, ambos prometiendo el mismo milagro, ambos excluyéndose mutuamente. Como las Iglesias Católica y Ortodoxa, cada una depositaria de la verdadera fe, cada una excomulgando a la otra.
Y dentro de la coalición que sí se presenta, las divisiones son inmediatas: Maíllo quiere un liderazgo distinto, Sumar insiste en que la vicepresidenta debe seguir al frente. Ni siquiera se han presentado, no tienen programa pero ya discuten quién será el Papa. Bien podrían aprender de la frugal mansedumbre de San Gabriel.
Los profetas y sus acólitos prometían multiplicar los votos juntando fuerzas, pero la realidad es tozuda y no atiende a liturgias. En las gallegas de 2024 no entraron en el parlamento, en las europeas sacaron un 4,67%, en Aragón no llegaron al 3%. En Aragón, la Chunta que ahora invitan a predicar juntos duplicó escaños mientras la coalición de IU y Sumar entró por los pelos. El partido que defiende privilegios fiscales ganó donde los predicadores de la unidad fracasaron. Un patrón que se repite, la victoria de los nacionalistas sobre una izquierda que ha abandonado sus ideas. La gente, cuando puede, prefiere al original sobre el sucedáneo.
Los últimos sondeos auguran el apocalipsis: Sumar (o aquello en lo que se transmuten) obtendría 10 escaños, 21 menos de los actuales. Treinta y uno convertidos en diez. Pero el problema, claro, no es que la gente no les vote ni juntos ni separados. El problema es que la gente no entiende, no tiene suficiente fe. El Artículo Primero, recordemos, es inapelable: si nos unimos, ganaremos. Que los números sistemáticamente demuestren lo contrario es una prueba que el Señor pone en el camino. Así, cada debacle se convierte en una cuestión de actitud del electorado, nunca de propuesta política o de su capacidad para convencer e ilusionar. Los pecadores son ellos. Los sacerdotes seguirán predicando.
¿A quién beneficia esta religión? Desde luego no a los votantes, que acumulan estigmas: fracaso electoral, desilusión y más fragmentación. Sí a la clase sacerdotal que, sin esta liturgia, tendría que rendir cuentas. Rufián no ha gobernado nunca nada. No tiene que explicar por qué suben los alquileres o manejar la inflación, solo predicar a través de epístolas tuiteras. Y es que predicar la unidad sin conseguirla tiene una ventaja estructural: el fracaso siempre tiene otro culpable. Los traidores, los tibios, los vendidos, los herejes. Pureza ideológica intacta (aunque cambie de opinión más que de sandalias), relevancia mediática y sueldo público garantizados. Es el negocio perfecto: vivir de prometer algo imposible y culpar a otros cuando no se cumple.
Lo sublime de San Rufián es su doble verdad teológica. Proclama que «representar a alguien de Algeciras no me hace menos independentista» mientras defiende la autodeterminación como «sagrada». Traducción para los neófitos: te represento, pero mi proyecto es que Cataluña deje de contribuir a la caja común y la redistribución de la riqueza. El milagro de ser internacionalista y secesionista simultáneamente, de querer representar a la clase obrera española mientras trabajas por dividirla en diecisiete micro-estados. Y no es solo él, esta contradicción teológica no ha podido resolverla ningún evangelista. La izquierda clásica entendía que la clase trabajadora no tiene patria porque su lucha es universal. Los cupos autonómicos no son redistribución progresiva, son privilegios territoriales de origen medieval, pero los sacerdotes de la unidad los abrazan sin rubor porque el Artículo Segundo lo permite. ¿Quién explica al parado extremeño por qué Euskadi debe tener un régimen fiscal privilegiado? Nadie. Porque la respuesta desmoronaría el templo entero.
Y así, los apóstoles de la unidad siguen predicando en el desierto, prometiendo el milagro de los escaños multiplicados mientras sus fieles desertan hacia el pragmatismo o la abstención. Porque al final, como toda secta que exige fe ciega en lugar de resultados tangibles, «la unidad de la izquierda» solo sirve para mantener en el altar mediático a una clase sacerdotal de políticos cuyo mayor talento es confundir la liturgia del tuit con el trabajo real.
Amén.


