Entre el liberalismo conservador y el liberalismo progresista: por una alianza entre el liberalismo y la izquierda emancipadora.
Tradicionalmente la sociedad ha visto la política como una dicotomía entre la izquierda y la derecha. Sin embargo, cabe preguntarse dónde queda el liberalismo en esta dicotomía. A día de hoy, en parte, por el tan, con razón, denostado «neoliberalismo” o, como prefiero llamarlo, “capitalismo de amiguetes”, al liberalismo se le asocia con la derecha y el privilegio. No obstante, el objetivo de este texto será asociar al verdadero liberalismo con la izquierda y el progreso a la vez que se le alejará de otras ideologías.
Para desarrollar nuestra asociación del liberalismo con el progreso y la izquierda debemos comenzar con el surgimiento de esta ideología. Como es bien sabido, el liberalismo surge en el S.XVII a la par que el Estado Moderno westfaliano (1648), siendo el primero la ideología y el segundo la forma política de la Modernidad. En este sentido, ambos surgen frente al feudalismo y al Antiguo Régimen, que representaban en aquel entonces la tradición y el privilegio.
Como consecuencia del desarrollo del liberalismo y el Estado Moderno, en especial durante la Ilustración y el periodo revolucionario (liberal) de los S. XVIII y XIX, los Estados-Nación van adquiriendo una forma similar a la actual, caracterizada por el reconocimiento de los derechos inalienables del hombre (en su origen lockiano: libertad, vida y propiedad), su igualdad en el ejercicio de los mismos y la limitación del gobierno, y su injerencia en los derechos inalienables, a través del Estado de Derecho, asociado a la nación y su soberanía, no más real, sino nacional. Este proceso de superación del Antiguo Régimen, liderado por la burguesía, supuso un progreso innegable reconocido hasta por, el poco sospechoso de ser liberal, Karl Marx cuando, a pesar de su crítica, afirma en el Manifiesto que: “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”.
Entrando ya en el S.XIX, y su ulterior desarrollo en el S.XX, nos damos cuenta de que, dejando de lado el marxismo que sí que supone una ruptura con la tradición liberal y con el modelo de Estado-nación, este siglo navega en la tensión entre la ampliación/disminución de los derechos conquistados y el aumento/disminución de las personas y posiciones representadas en aquellos órganos (parlamentos) encargados de ejercer la soberanía nacional.
Versando sobre el aumento de la representación convendremos en que los S. XIX y XX se caracterizan por la ampliación del derecho al sufragio. Este hito se conquista por dos vías. Por un lado, mediante la supresión de las trabas económicas al sufragio. Por el otro, mediante la igualación gradual de derechos entre los hombres y mujeres a través, en origen, del feminismo liberal de primera ola (avalado por figuras como Stuart Mill). A esto hay que sumarle, más notablemente en el caso de los Estados Unidos, movimientos anti segregación y pro derechos civiles, más propios del S.XX, que también contribuyeron a la expansión del sufragio y a la igualación de derechos.
En este sentido, por poner el ejemplo español, serán los liberales de Sagasta, con la oposición del canovismo, quienes en 1890 incluyan en la legislación española el sufragio universal masculino. Del mismo modo, en 1931 serán los radicales, dirigidos en aquella solemne ocasión por Clara Campoamor, quienes impulsarán el sufragio femenino, con el rechazo de la rama prietista del PSOE y de los radical-socialistas (Kent).
Ahora bien, una vez que el sufragio ha sido ampliado y las libertades civiles han sido conquistadas el liberalismo se encuentra ante la tesitura del qué hacer cuando ya ha completado su proyecto político. En este momento, y no antes, es cuando al liberalismo no le queda otra que volverse en cierta medida conservador. Y es que, sin menospreciar a Burke, tiene sentido que cuando uno ya ha completado su proyecto político su primer objetivo sea la preservación y conservación del mismo.
No obstante, esta conversión al conservadurismo no es ni inevitable ni exclusiva. Esto se debe a que, mientras el neoliberalismo se dedica a hacer un capitalismo de amiguetes mientras conserva los hitos del primer liberalismo, en el S.XX surgirán corrientes como la rawlsiana y la keynesiana (de la que nacerá la socialdemocracia) que, aceptando el marco social y las reglas de juego de la democracia liberal, mantendrán un carácter eminentemente progresista.
En este sentido, tanto Rawls como Keynes buscarán un modelo donde habiendo una igualdad de libertades y derechos básicos (liberalismo originario), ampliadas a lo que requiere la época (p.j: igualdad en el acceso al matrimonio independientemente de la orientación sexual), se vaya hacia la igualdad de oportunidades reales (p.j: acceso a la educación como ascensor social) sin que esto implique necesariamente acabar con la desigualdad económica en base al principio de diferencia.
Los ejemplos de Keynes y Rawls muestran que el liberalismo no está condenado a volverse conservador. Y es que, en base a su propia tradición, debe seguir siendo una fuerza de progreso y emancipación ante la concentración económica (monopolios privados) o la discriminación por raza, género u orientación sexual, siendo el liberalismo progresista el que representa exactamente esta continuidad emancipadora basada en la democracia liberal, la igualdad real de oportunidades y las libertades civiles individuales.
En última instancia, si la izquierda histórica ha hecho suyas y ampliado muchas ideas emancipadoras liberales, no debería ser antinatural que el liberalismo pueda reclamar, cuando siga avanzando en su agenda emancipadora, su etiqueta de progresista dado que, en síntesis y en consonancia con su propia tradición, el verdadero liberalismo solo puede ser progresista.


